Vidas en pausa. Crónicas desde el encierro, 2.
La epidemia relativa
¿Los virus tienen conciencia? No, ciertamente, aunque a ratos da la impresión contraria. Esta pandemia es tan posmoderna y relativista como los tiempos que corren. Es como si el coronavirus supiera que está instalado en el siglo XXI y su comportamiento es tan líquido como nuestra sociedad. El virus es grave, pero luego resulta que no tanto. No lo es, porque sabemos que el 96% o 98% de los contagiados se recupera, pero sí lo es porque el 2-4% restante es una cantidad bárbara de personas, suficiente para colapsar los sistemas de salud de todo el mundo. Claro que ese es apenas el principio, porque entonces uno encuentra todos los espectros posibles de la enfermedad: se puede contraer el virus y no tener un sólo síntoma, pero también están quienes sólo sienten molestias leves, como una gripe de estación; otros tendrán molestias llevaderas pero al final padecerán secuelas cardiacas. Todo podría ser un síntoma asociado: hay quien pierde el gusto y el olfato; hay quien tiene problemas estomacales; hay incluso quien su único síntoma es una conjuntivitis. ¿Tiene usted sueño? Podría ser Covid-19.
Así de relativa es esta epidemia. Un día leemos que hay que desinfectar hasta los zapatos al volver a nuestros hogares y al siguiente que las probabilidades de contagio por contacto indirecto son menores a las que pensábamos. El cubrebocas aparece y desaparece todo el tiempo como herramienta de contención y la sana distancia, que ayer era de metro y medio, después se recomienda de dos y en espacios cerrados puede ser de hasta diez. Lo único cierto es que no hay certezas, y la información nos sitúa en medio de un fuego cruzado. Incluso, a veces pareciera que en México hay dos epidemias distintas; una, completamente controlada, en donde las medidas de confinamiento evitaron el colapso sanitario; la otra, la del déficit hospitalario, médico y de insumos; la de cientos de miles de muertes. Una parte de la sociedad ha continuado con su vida normal: sale a la calle, visita amigos y familia, da besos y abrazos; la otra parte está completamente aterrorizada y quisiera no tener que salir ni siquiera para abastecerse de suministros básicos.
Más relativismo: no es el fin del mundo, pero como si lo fuera. Y para colmo, ya ha durado mucho, pero no se acaba, diría el poema de José Emilio Pacheco. Sí, es una epidemia posmoderna, la más grande en un siglo, pero aunque podamos estudiar o trabajar a distancia y pedir comida desde el teléfono, en algo se parece a las anteriores. Las epidemias nos conectan con tiempos pasados, con las otras sociedades que también las han padecido: con el mundo de 1918 durante la influenza, con la cólera del México decimonónico, con la viruela que diezmó a la población indígena en el siglo XVI, con la peste que invadió Europa en la Edad Media. Son una lección de humildad porque exhiben nuestra vulnerabilidad. La ilusión de modernidad que vivimos nos ha hecho creer que, en el presente, un acontecimiento así no tenía lugar ya. Después de todo, en el siglo XX habíamos visto grandes avances, como la erradicación de la viruela y la polio. Es cierto que emergió el VIH, pero nadie se ha encerrado durante meses por ello; incluso sus tratamientos actuales son de vanguardia respecto a los de hace veinte años.
Además, la ilusión de que las gripes no matan a nadie nos ha hechos subestimar la enfermedad. Muchos pasaron de largo el confinamiento con el mantra "esto es como un resfrío". Pero en este caso la lección no puede ser más clara: no controlamos el mundo ni las fuerzas de la naturaleza. El coronavirus llegó para tambalear todo. Es, de hecho, la misma modernidad la que ha agravado en este embrollo. Nunca antes el mundo había estado tan conectado, lo que la diseminado la epidemia a una velocidad inédita. Vuelos, trenes, autobuses que van y vienen por todo el planeta ayudaron a esparcir el virus de un lado a otro. Sólo bastaron un par de semanas desde su aparición para que llegara a nuestro país. Lo que sucedió en ese momento, cuando aparecieron los primeros casos, fue como para escribir el cuarto tomo de la Tragicomedia mexicana.
En el principio fue el papel de baño
No ponemos atención a las cosas importantes porque siempre nos ocupamos de lo más inmediato. En enero, cuando la ciudad de Wuhan se encontraba ya en cuarentena y anunciaba la construcción de un hospital en sólo diez días para atender su emergencia, aquí apenas lo asumimos como algo relevante. Ni siquiera vimos las primeras señales, cuando a fines de mes el gobierno de la Ciudad de México anunció que trataba de localizar a un par de casos sospechosos que habían viajado en un Uber. Teníamos otras tantas preocupaciones, no menos urgentes, que en redes sociales circulaba un meme que se burlaba de aquellos que le daban importancia, se decía, a un virus a miles de kilómetros, cuando aquí teníamos problemas reales.
En esas andábamos, distraídos, ocupados. Así son estas cosas, nada parece realmente importante hasta que nos explotan en las manos. En los años venideros muchos mentirán para decir que supieron lo que se avecinaba desde que se conocieron los primeros casos en China. Yo debo confesar que, como millones, no lo vi venir. En realidad comencé a seguir el desarrollo de la epidemia por un asunto de lo más banal. Preparábamos un viaje a Europa. Estefanía me contaba sobre las maravillas que veríamos en los museos que visitaríamos y yo me dejaba asombrar. Todo estaba prácticamente listo. Luego, poco a poco, nos llegaron las noticias de lo que sucedía en Italia. No estaba en nuestro itinerario, así que no le dimos mucha importancia, pero después vimos que aquello era como haberle echado un cerillo a gasolina y el virus se extendía a España, Alemania, Francia y el continente entero. Discurríamos sobre si acaso no sería mejor reprogramar el viaje. Decidimos mantenernos según el plan y aunque los museos ya comenzaban a anunciar sus cierres, estos aún eran intermitentes. Cuando vimos llegar los primeros casos a México, llegamos a pensar que de todas formas corríamos el mismo riesgo aquí que allá. No era cierto, pero nos engañábamos. Fue la realidad la que nos detuvo. Es evidente que no hubo viaje.
No hay explicación racional para lo que sucedió cuando se supo la noticia del primer caso confirmado en México. Era un viernes de finales de febrero. Tránsito pesado por todas partes, restaurantes llenos, bares ruidosos repletos de bebidas espirituosas, gente que recién cobraba su quincena en el frenesí habitual del dinero. Todas eran las escenas comunes, pero ese día hubo algo distinto: brotó el miedo en muchos. Los centros comerciales se abarrotaron de personas que hacían compras de pánico. El miedo es muy natural, se trata de uno de nuestros mecanismos de defensa más primitivos, pero nuestras acciones conducidas por este son muy extrañas. Más que alimentos, más que alcohol, desinfectante o jabón, la gente había comprado papel de baño como para sobrevivir dos años completos. Así de misterioso puede ser el comportamiento colectivo.
Si buena parte de la población se dejaba llevar por sus instintos más irracionales, hubo también quien se lo tomó a chunga. Ese mismo día afloró nuestra muy mexicana forma de canalizar el acontecer: el humor. Hubo decenas de memes y hasta una cumbia:
“Todo mundo está espantado
por una enfermedad.
Se llama coronavirus
y es una alarma mundial.
[...]
¡coronavirus, coronavirus!
lávense las manos, háganlo seguido”.
El resultado: la canción recibió tres millones de reproducciones en línea. Increíble.
Sí. El miedo -o su ausencia- condiciona nuestro comportamiento en una pandemia. A algunos les parece que no hay razón real de preocupación y se dedican a ignorar la nueva coyuntura. Otros hacen compras de los productos más irrelevantes. En Chiapas la gente amenaza con quemar un hospital si es usado para atender a los enfermos del nuevo virus. Personal de salud comienza a ser agredido en el camino a sus centros de trabajo. Muy pronto surgen las teorías de la conspiración que no aguantan el análisis más elemental: la enfermedad la creó Estados Unidos en medio de la guerra comercial con China para paralizar al gigante asiático; o la desarrolló China para esparcirla por todo el mundo y convertirse en la hegemonía mientras todos luchan contra la epidemia; o fue Rusia, ¿ya vieron cómo cerró fronteras muy pronto y no tiene casos? Algunas especulaciones son todavía más delirantes, como la gente que asegura que, si permitimos la instalación de antenas 5G, serán utilizadas para una perversa diseminación. Una malograda actriz de telenovelas ha sostenido que todo es parte de un plan pactado por los gobiernos para instaurar un nuevo orden mundial y la vacuna que todavía ni siquiera existía se usaría para controlar nuestras mentes. Otros creen que el termómetro infrarrojo, que emite menos radiación que un teléfono celular, causa daño cerebral. El cubrebocas, dicen algunos, provoca una deficiencia de oxigenación en el cuerpo que a la larga es mortal. La culpa es sobre todo de la mala educación científica que hemos recibido. A la larga, los sistemas educativos deficientes cobran sus facturas. Creemos que si algo no se puede ver entonces no existe. Casi todas las teorías tienen algo en común: asumen que la conspiración se ha fraguado para despojarnos de nuestras libertades. Además del virus, encima, hay que combatir la posverdad. No estaría mal recordarles la enseñanza que Camus nos dejó en La Peste hace más de setenta años: mientras haya epidemias el hombre no podrá ser libre.
La clave para descifrar estos comportamientos extraños está en que nos enfrentamos a una situación inédita para la que nadie estaba listo. Es como los temblores, que se parecen en algo a las pandemias. Producto de la naturaleza, llegan sin avisar. Podemos estar mejor o peor preparados aunque casi siempre rompen todas nuestras certezas. Pero hay una diferencia fundamental entre ambos fenómenos: en México tenemos una memoria colectiva suficientemente entrenada para los sismos. En 2017 surgieron los recuerdos de quienes habían vivido en 1985 o los relatos que nos habían contado una y otra vez nuestros padres. Entonces supimos qué había que hacer. Pero nadie parece saber cómo conducirse en una pandemia ni siquiera porque el país había sido el epicentro de la de 2009, quizás porque aquella fue menos desastrosa que la que hoy vivimos. El estornudo de etiqueta, el evitar besos y abrazos, el distanciamiento y el lavado frecuente de manos no se ha instalado lo suficiente entre nosotros. No cabe duda: nos falta conciencia histórica y nos sobra papel de baño.
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