Vidas en pausa. Crónicas desde el encierro, 1.
Prolegómenos
La mitad de los textos que aquí comparto fueron escritos entre mayo y julio del 2020, año primero de la peste, para un concurso de crónicas sobre la pandemia. Por supuesto que no gané nada pero sentarme a escribir fue hasta cierto punto terapéutico. Escribir para sobrellevar el encierro; para asimilar el cambio brusco de vida; para combatir el tedio; y, sobre todo, para dejar constancia de lo sucedido. Y aunque la epidemia no ha terminado, existe ya la suficiente perspectiva para intentar describirla. La otra mitad de las historias que aquí aparecen las he escrito ahora, para que esta historia esté lo más completa posible.
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“¿Quién nos cambió las ferias por hospitales?
¿Quién detuvo el reloj de las oficinas?
¿Quién mató las verbenas con funerales?
¿Quién silenció los vasos de las cantinas?
¿Quién atrapa a ese ladrón que ha soltado nuestras manos,
ha secuestrado al verano,
nos ha helado el corazón?”
-Benjamín Prado.
Días aciagos, historias trágicas, episodios surreales. Sentimientos inevitables de que la vida está en pausa. Añoranza por un mundo que ya no es y ansiedad por otro que no termina de surgir. Un permanente esfuerzo por sobrevivir, sí, pero también una necesidad de adaptarse a nuevas circunstancias acompañada de la urgencia de impedir que lo vivido en estos meses se hunda en el olvido porque, se crea o no, algún día esa memoria servirá de algo. De eso y de otras tantas cosas se trata vivir la pandemia del coronavirus. Estas crónicas, desde el encierro impuesto, rescatan una pequeña parte de las miles que habrán de escribirse.
Otras epidemias
No, esta no es la primera que nos toca vivir, aunque a ratos pareciera que no tenemos ni la menor idea de qué hacer cuando aparecen. Si tuviéramos mayor conciencia, tendríamos mayor idea de cómo actuar. Preservar los recuerdos de cómo emergieron grandes enfermedades no es un asunto menor, pero como la última pandemia equiparable a esta sucedió hace cien años, nadie tiene claro nada.
Del surgimiento del SARS tengo vagos recuerdos. En 2002 yo tenía apenas unos diez años y aunque no ponía atención al noticiero, mi subconsciente alcanzaba apenas a registrar la palabra cuando aparecían notas sobre ello en la televisión.
En cambio, sí puedo recordar con mucha claridad lo que sucedió durante la epidemia de influenza H1N1. Tenía en aquel entonces unos dieciocho años y estaba por terminar el bachillerato en el CCH Vallejo. Como era en pésimo estudiante me preparaba para presentar materias que adeudaba y así poder ir a la universidad. Pero en aquel entonces, mis preocupaciones estaban en otro sitio. Me moría por una mujer a la que conocía desde hacía un año y a la que sencillamente no podía confesarle mi amor. Y como nuestra relación no trascendía la mera amistad, la invité a comer a un restaurante en una de esas ocasiones en las que yo juraba que, ahora sí, le diría todo.
Aquello no sucedió pero he de reconocer que la comida fue una delicia. Hablamos sobre lo que esperábamos para el futuro. Yo ya sabía que quería estudiar historia pero me inclinaba a elegir la FES Acatlán. Ella, en cambio, trataba de convencerme de estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras para que continuáramos juntos. Cayó la tarde y la acompañé a la Central de Autobuses del Norte, donde nos dimos un último abrazo. Fui a casa y me recosté. Dormía ya cuando escuché el noticiero en la televisión. Era el anuncio de la epidemia de influenza. Durante tres semanas, habría un cierre total de la economía salvo actividades esenciales. Yo pasé la noche histérico mientras contaba cuántas veces estornudaba, porque ese día habíamos estado en un restaurante con un centenar de personas.
Pasamos casi un mes en el más profundo ostracismo. El internet no era lo que es hoy y todavía viajaba por la línea telefónica. Sin redes sociales, WiFi, WhatsApp, ni nada de las cosas con las que contamos hoy. Teníamos una computadora del precámbrico con la que apenas nos pudimos comunicar por correo electrónico con algunas personas para avisar que estábamos bien. Salvo eso, estuvimos completamente aislados. A los tres días mi hermana y yo ya nos queríamos matar entre nosotros.
Pero la H1N1 resultó la gran pandemia que no fue. Es cierto que se extendió a varios países. Recuerdo que hubo varios casos de xenofobia en los que viajeros mexicanos eran discriminados en otros sitios. Lo que empezó llamándose "gripe porcina", terminó con el nombre "gripe mexicana". Pronto se descubrió que el Tamiflú servía como tratamiento, lo que despertó suspicacias de muchos. Allí surgieron las teorías de la conspiración más enloquecidas, desde la que aseguraba que la influenza no existía hasta que juraba que había sido un desarrollo de laboratorio para que la farmacéutica Roche vendiera su medicamento. Yo vi médicos abrazar estas teorías; dejé de tenerles confianza.
Pronto volvimos a la normalidad, una normalidad real. Se hizo mucho para que la gente tuviera confianza de nueva cuenta. El metro de la ciudad de México se llenó de unos sellos que juraban que cada cierto tiempo los vagones eran desinfectados. Edificios públicos se llenaron de contenedores de alcohol en gel que después ya no contenían nada y que quedaron vacíos durante años. Se hicieron muchas estimaciones del dinero que se perdió luego de un encierro de tres semanas. Fue una barbaridad, aunque en retrospectiva no fue nada en comparación con hoy.
Por cierto que no vi a aquella mujer durante todo ese mes, hasta que volvimos a clases y me enteré que no había elegido historia en la FFyL, sino administración en la Facultad de Contaduría. Yo, por supuesto, me dejé llevar y sí decidí ir a Ciudad Universitaria. Las pandemias, incluso las menos desastrosas, pueden cambiar el rumbo de vidas enteras.
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