Vida en pareja
—¿Me quiere ver? Estaré en el Palacio de Minería—, escribió aquella noche de septiembre de 2013. Y aunque me lo perdí, la verdad es que los últimos dos años había estado urdiendo diferentes escenarios para conocernos. La desidia y la falta del coraje necesario hacen que nos perdamos las mejores cosas de la vida. Fui más reservado, más cohibido, menos propenso al impulso.
Pero tenía la sensación de que aquello valía lo suficiente la pena como para dejarlo pasar, así que no desistimos. Un par de días después compartimos la primera de cientos de tazas de café. Fue una tarde de octubre. Reímos, platicamos, paseamos. Le siguió un viaje casi clandestino a Puebla en el que pudimos descubrirnos.
Han pasado ocho años desde entonces. Hubo de todo: risas, duelos y querellas, caricias, disparares -Sabina/Serrat dixit-. Ha habido también mucho vino, viajes, complicidad, ganas de descubrir el mundo y de descubrirnos en este mundo. Aunque fuimos arrojados a esta infame realidad pandémica sin tregua ni placer ni plenitud, y pese a que pasamos muchos meses separados, sabíamos que nos pertenecíamos.
De vivir juntos hablábamos hacía años. Yo supe que había que hacerlo un mes después de conocernos aunque no lo dije sino hasta uno de nuestros viajes a Querétaro. Siempre lo terminamos por posponer, casi siempre por culpa mía. Pero aquí estamos, aquí seguimos. La cabeza sigue llena de incertidumbres, miedos y obsesiones, pero han vencido los otros cientos de motivos por los que vale la pena. No le he prometido un “para siempre”, pero sí un “por siempre sincero”.
Hoy por fin nos adentramos al mundo de la vida en pareja.
Estefanía y yo en la playa.

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