Más apuntes de la pandemia.
Día 218.
Yo creí que los días del confinamiento total estaban enrarecidos. Episodios trágicos, escenas surreales, una pausa forzada en la que el tiempo era una masa extraña donde nada parecía importar. Pero nada parecido a esto que han llamado “nueva normalidad”.
“Nueva normalidad”, dijeron en junio. Muchos hablaban del “mundo post pandemia”, pero en realidad se trataban de meros eufemismos. Decimos “nueva normalidad” para evitar explicar que no podíamos seguir encerrados por toda la eternidad, para callar que el virus sigue allí, para esconder que, como la pandemia continúa, conviene aprender a vivir con ella. Lo que la gente entendió, por supuesto, ha sido quién sabe qué cosa. Y ahí es donde el ambiente se pone raro: unos creen que la epidemia terminó y que pueden retomar su vida normal; otros que se ha debilitado lo suficiente como para no preocuparse; algunos más se sienten cansados de la dinámica y han decidido que la situación ha dejado de importarles.
Parezco maniaco, y sin embargo, cada vez estoy más convencido de que los que enloquecieron son otros. Aquellos que decidieron sucumbir y entregarse al pensamiento más extraño. Estoy completamente desconcertado: vi ya a la gente más sensata de mi generación ignorar la realidad. Dejaron de leer noticias y parecen querer olvidarse de lo que sucede. Se fían de lo que otros les mal cuentan. El fenómeno, dicen lo que saben de estos menesteres, se llama "fatiga de la epidemia". Han pasado meses y estamos hartos del encierro. Pero como a la realidad le importa nada lo que creamos o no sobre ella, la epidemia avanza. Sí, continúa, nunca dejó de hacerlo por más que algunos se empeñaran en asegurar lo contrario. Y para allá nos encaminamos, al repunte, que no rebrote.
Ansiedad y depresión. A veces no duermo nada; a veces lo hago en exceso. El agotamiento ya es crónico. Pasan horas entre el momento en el que despierto y en el que me levanto de la cama. ¿Libros? Ya ninguno en los últimos días. Hace tiempo que tampoco salgo a hacer ejercicio. El asombro de los últimos días me tiene paralizado. Lo veo y no lo creo.
Estamos en duelo, escribió Rafael Pérez Gay. Razón no le falta: perdimos familiares, amigos, gente querida. Perdimos nuestra vieja vida. Perdimos la libertad, porque como bien lo dijera Camus hace ochenta años, mientras haya epidemias el hombre no podrá ser libre. No creo que lo tengamos muy claro. Así, comienza a morirse el 2020.
Será un fin de año terrible.
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