Apuntes de la pandemia.
Soy el peor ejemplo de cómo sobrellevar una pandemia de forma más o menos decorosa. Todo se ha convertido en un desastre y sé que parte del fracaso se debe a mi indisciplina, que cada vez es más notoria. Mis horarios son ahora un lío y, pese a que los días parecen eternos, no alcanza el tiempo para nada.
Al empezar el confinamiento, los que saben de esto decían que lo importante era mantener la rutina. Despertar temprano, ejercitarse, desayunar sano, bañarse, vestirse, trabajar desde casa y mantenerse activo. Bla, bla, bla. Creo que lo primero que hice fue fraguar una venganza contra el cabrón del despertador para dormir veinte minutos más. Pésima decisión. Casi sin darme cuenta, la hora de despertar se recorrió. Veinte minutos más; quince más; otros treinta. El problema es que, como ahora despierto entre 10 y 11 de la mañana, consumé mi vocación de noctámbulo. Hoy fue el colmo: me fui a a costar a las 5:30 de la mañana. De haber aguantado un poco más, hubiera presenciado el amanecer, espectáculo madrugador que hace meses que no disfruto. Me quise burlar del reloj y es él quien ahora regresa el golpe
El horario invertido es apenas el punto de partida. Como me levanto tarde, desayuno tarde y mi jornada laboral comienza tarde. No es que trabaje menos, sino que estoy administrando mal mis responsabilidades. Trabajo un rato, y luego pausa para descansar. Otro rato, pausa. Y así hasta el final del día. Pero terminé por confirmar una sospecha de mis tiempos universitarios: el trabajo de madrugada es mejor y más productivo aunque funesto para la salud física y mental. Cada vez es más común la escena en la que pego un brinco de la cama a las 3 de la mañana para encender la computadora al tener una epifanía. No lo hagan en casa.
Mi habitación parece zona de guerra. Aunque trato de mantener el orden establecido, a los cinco minutos ya nada está en su sitio. En el escritorio hay libros por todos lados, tazas del café que bebí hace tres días y la copa del vino que me tomé ayer por la noche. Coloco en mi espacio de trabajo libros y revistas para ocupar más tarde y varias jornadas después ya no recuerdo ni para que los saqué de su sitio.
Lo único constante son mis obsesiones. El café, por supuesto, es la de toda la vida. No se puede vivir de madrugada sin un alto grado de estimulantes corriendo por el cuerpo. Pero he desarrollado otras. En 74 días, me he bebido seis litros de vino y media botella de whisky.
He transitado por un varias de etapas de pandemia. La primera, que duró dos o tres semanas, fue de frenesí por la forma en la que inició mi confinamiento. La segunda etapa estuvo llena de optimismo; ya saben: ¡sííííí! ¡vamos a aplanar la cuuuuurvaaaaa! Tampoco sabía que pasaríamos tanto tiempo encerrados. Luego vino una semana de ansiedad que terminó en depresión. Hoy por hoy, trato de tomar todo esto de la mejor forma posible para que el cambio a la nueva normalidad sea más terso.
He tenido una relación difícil con los libros. Los primeros días de cuarentena intenté leer uno... y nada. Dejé tres libros porque, aunque ahora tenía un poco más de tiempo, mi concentración se había desgastado mucho. Luego Estefanía me regaló El nombre de la Rosa de Umberto Eco. Aunque es espléndido tardé casi un mes en leerlo. Luego vino la reconciliación y ahora mismo leo Jamás saldré vivo de este mundo de Benjamín Prado.
Extraño muchas cosas de la vieja normalidad, sobre todo mis rituales más sagrados que, al mismo tiempo, son los más pueriles: sentarse a tomar café con los amigos, deambular por el Paseo de la Reforma después de una jornada de trabajo, pasar un fin de semana con Estefanía. Espero poder recuperar algo de todo ello. Al final, habrá que reconstruir el mundo por completo con los pedazos que nos queden de la vieja realidad.
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