Historias de la epidemia.
Llevo 50 días en confinamiento. Creo que ya enloquecí. La epidemia de COVID-19 nos ha fastidiado a todos, aunque es cierto que de formas distintas. En función de nuestros privilegios, dirán algunos, pero al final, a todos nos ha cambiado la vida. Acá algunas historias de la epidemia:
1) La epidemia no fue el inicio, sino el cambio brusco de un estado de decadencia a otro. Pues sí, qué les digo. No es como que la vida allá en el exterior fuera maravillosa, aunque es cierto que tenía algunas cosas por las que valía la pena. Hacía meses que todo parecía empolvado y tristísimo. Las cosas finalmente se quebraron en marzo de 2020. Ni siquiera quise hacer algo particularmente especial en mi cumpleaños aquel mes, y sólo en retrospectiva me doy cuenta de que lo debí haber hecho. El previo al desastre es una habitación de hotel un viernes en el que todo parece tornarse muy oscuro. Pese a todo, sobrevivimos.
2) No veremos los paisajes de Europa. Cada día veo con más claridad que nunca lo haremos. No conoceremos los cafés de París ni caminaremos por los campos de tulipanes holandeses. No veremos los museos ingleses ni nos besaremos en sitios insospechados. En cambio, tenemos varios meses sacados de una mala película postapocalíptica.
3) No tuvimos tiempo realmente para preparamos para lo que venía. O tal vez sí, pero no pudimos asimilarlo. De nueva cuenta, más tragedia y decadencia. Era 21 de marzo y el confinamiento había comenzado. Mi hermana y yo pasamos dos días de terror en el hospital. Lo que vivimos aquellos dos días afianzó nuestra hermandad, pero nos cambió la vida para siempre. Más a ella que a mí.
4) El tiempo ya no importa. Llevo la cuenta por pura deformación profesional y por ello tengo claridad de que han pasado casi cincuenta días, pero en última instancia nada de ello importa. Da lo mismo que sea lunes o sábado, si son las 3 de la tarde o las 3 de la mañana. La noción del tiempo en la que mi agenda marcaba si tenía una cita o una inauguración de exposición temporal es completamente irrelevante. ¿Estamos en marzo o mayo? Es lo mismo. Todo transcurre de una forma muy extraña en la que los días se consumen de forma muy apresurada y al mismo tiempo muy lenta.
5) No sólo hemos perdido todos los días del confinamiento, sino todos los anteriores. Para poder irme tranquilamente de vacaciones con Estefanía, trabajé como enloquecido todo un trimestre. La primer exposición del año en el museo, que generalmente se presenta en mayo, quedó lista el 17 de marzo. Ni siquiera pudimos inaugurarla. Hacía por lo menos tres años que tenía planteada la muestra de El libro rojo. Nada importó al final.
6) Nuestras muestras de afecto se convirtieron en un arma letal. Nunca hubiéramos imaginado que un beso, un abrazo, o una caricia podrían ser tan peligrosos. Hace semanas que no veo a Estefanía. Las videollamadas se vuelven frustrantes por la mala calidad. Tenemos que lidiar con la distancia y la frustración. El amor se entrecorta cuando la banda ancha se satura, así que las videollamadas parecen no ser suficientes.
7) Las cosas no parecen mejorar. Todo el tiempo predomina la sensación de que se avecinan tragedias mayúsculas. Ojalá que no.
7) Las cosas no parecen mejorar. Todo el tiempo predomina la sensación de que se avecinan tragedias mayúsculas. Ojalá que no.
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