Pequeña nota sobre el 15 de septiembre.
Y llegó septiembre. Recuerdo que hace unos años la gente desempolvaba sus banderitas y otros adornos. Las escuelas hacían actividades alusivas; algunas hasta organizaban desfiles que pasaban por la colonia, caminábamos y gritábamos vivas.
Pero eso fue hasta hace unos pocos años. El primer desencanto social que recuerdo claramente a propósito de las fiestas patrias fue en 2010, durante las conmemoraciones del bicentenario. A lo mejor es anterior, pero yo no me había dado cuenta. Se cumplían nada menos que doscientos años del inicio de la guerra de Independencia, pero la gente no tenía ganas de celebrar. Del centenario de la Revolución ya ni decir. Muchas causas abonaron para que esto sucediera: los panistas no supieron hacer un festejo a la altura, la violencia había arrebatado miles de vidas, la crisis de 2008 había generado mucho descontento, etc. Desde entonces, la celebración del Grito tiene muchos detractores.
Ahora, con el creciente uso de redes sociales, las ideas vuelan a una velocidad impresionante. Yo soy defensor de estas y otras herramientas que los expertos llaman Tecnologías de la Información y la Comunicación o, para acabar pronto, las TIC's. Ellas han servido para buenos propósitos, como aquella vez en que el Facebook detuvo una intervención fallida en la estatua ecuestre de Carlos IV, pero también he visto unas barbaridades de miedo; sólo acuérdense de aquella vez que, en esa misma red social, se difundió aquel rumor de que la palabra "quesadilla" venía del náhuatl "quezaditzin", que según el malhechor que perpetró semejante idea, significaba "tortilla doblada". En fin, a lo que quiero llegar es que estas herramientas han difundido todo tipo de cosas, algunas buenas y otras muy desafortunadas.
Apenas empezó el mes patrio, todo mundo se acordó de la frase de Octavio Paz, esa de "Pobres mexicanos, que cada 15 de septiembre gritan por espacio de una hora, quizá para callar el resto del año". Y como lo dijo Paz entonces se convierte en dogma. Y se volvió viral en las redes. Pero su frase es tal vez lo más sereno que he visto estos días. Van un par de ejemplos.
No sé, pero si ustedes se sienten con la calidad moral de decirle a la gente que son borregos, pendejos y tienen la cabeza llena de mierda por asistir a una fiesta del 15 de septiembre, entonces creo que tenemos un gran problema social. Desde luego que en estas celebraciones hay acarreados, pero ¿por qué insultar al que no lo es y asiste porque le quedan dos gramos de sentimiento patriótico? Aunque nos cueste creerlo, hay gente que asiste por convicción propia. Después de todo, es la inercia de la historia. Porque la celebración del Grito no la inventaron los priístas, sépanlo. Ya desde 1813 Morelos había escrito en sus Sentimientos de la Nación que
Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nacion para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída; recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor Dn. Miguel Hidalgo y su compañero Dn. Ignacio Allende.Sin importar las circunstancias de este país, no hemos hecho a un lado esta celebración. Y miren que el siglo XIX fue más turbulento que nuestros días. Ni siquiera cuando Juárez trepó todo el peso de la República en su carruaje y se estuvo a salto de mata dejó de haber Grito. Grandes, pequeñas, las celebraciones se extienden por todo el país. ¿Por qué? En la noche del 15 de septiembre la gente convierte sus aspiraciones en celebración: el amor a la libertad y a la patria, el valor y la justicia, todos nuestros valores cívicos caben ahí. No podemos juzgar mal a quienes lo hacen. No tenemos derecho.
Antes de que me tachen de priísta o peñalieber, quiero decir que el descontento social es muy justificado y me sumo a él. Es más, incluso puedo conceder que no quieran participar en los festejos del gobierno, llámese federal o local. Háganlo en familia, con su cuadra o colonia. Lo que no se puede dejar de hacer es participar porque, según ustedes, no hay nada que celebrar. Incluso los hay quienes creen que en doscientos años no hemos cambiado nada, como si la historia fuera estática. No es así. Tomen un libro de historia y vean cómo no somos nada parecidos a los hombres de 1810. Y es cierto que los mexicanos tenemos un país muy deficiente, inseguro, corrupto y de economía estancada, pero de eso, estimados lectores, no tuvieron la culpa Hidalgo, Allende, ni doña Josefa. Aprendamos a repartir responsabilidades.



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