Fiestas de bienvenida para virreyes y libertadores.

El artículo que presento a continuación es mi primogénito. Espero sea el primero de muchos hijos. Se publicó en el No. 21 de la revista BiCentenario del Instituto de Investigaciones José María Luis Mora. Es una revista bonita, pero a la que le hace falta mucha difusión y bajar costos. Sé que no todo el mundo puede darse el lujo de gastar 80 pesos en comprarla, y en lo que el instituto idea algún ardid para volverla más accesible, decidí transcribir el artículo y compartirlo por aquí. Hoy, a más de un año de haber escrito esto, hay un par de cosas que hubiera cambiado, más de forma que de fondo, y quizá lo hubiese enriquecido más con otras fuentes que han aparecido en el camino. Sin embargo, decidí respetar el texto tal cual aparece y no cambiarle ni una coma. Ojalá les guste.

Fiestas de Bienvenida Para Virreyes y Libertadores 
Los habitantes de la ciudad de México fueron hospitalarios y festivos cada vez que los hombres de poder hacían su entrada triunfal. Así fuesen virreyes o libertadores , como el caso de Iturbide, en sus recepciones abundaron el ambiente festivo, los desfiles, el ritual religioso y la entrega de las llaves de la ciudad.



Los virreyes sirvieron, durante 300 años, como representantes de los reyes de España en Nueva España. Dada la distancia entre la península y el nuevo mundo, era impensable que el rey pudiera gobernar ambas tierras instalado en la metrópoli. Por ello, el virrey era la sustitución de su voluntad y, a su llegada, debía ser recibido como tal. Era un acto que generaba gran entusiasmo entre la población novohispana.

     Por principio de cuentas, debemos imaginar que la travesía de España a América no resultaba nada sencilla. El camino podía ser fastidioso y, en algunas ocasiones, hasta peligroso. El próximo gobernante tenía permitido llevar consigo criados de su casa y algunas damas y caballeros de la nobleza. Por lo general, lo acompañaban entre 60 y 100 personas, las cuales formarían parte de la Corte. La virreina, por su parte, estaba acompañada de diez o quince mujeres. No eran pues pocas las personas que venían a estas tierras acompañando al virrey.

     Manuel Payno, en su novela El hombre de la situación, habla sobre el viaje que realizaban los virreyes. En tiempos de Carlos III, es decir, en el siglo XVIII, el virrey viajaba por lo común, en lo que se llamaba la flota. La flota era la reunión que hacían en Cádiz los comerciantes, de muchos barcos cargados de efectos para las Indias. Estos barcos eran escoltados por buques de la marina real y hacían la travesía juntos. Si hemos de creer en esta descripción, los viajes debieron haber sido todo un espectáculo, Al venir custodiado por la flota, el viaje, que según este autor duraba dos meses, gozaba de mayor seguridad. Naturalmente, ante un traslado de tanto tiempo, el barco del virrey tenía que ser de lujo para proporcionarle todas las comodidades posibles.

     Al llegar a costas mexicanas, a la altura de Campeche, el virrey enviaba a Veracruz una embarcación menor para avisar de su próxima llegada. La parada servia además, para que los barcos que se habían retrasados tuvieran tiempo de reunirse con los más adelantados. No era entonces sorpresa que al llegar a último puerto los cañones de San Juan de Ulúa tronaran, anunciando el nivel y categoría del personaje que arribaba. A su vez, los buques de guerra que venían con él contestaban de la misma manera.

     Al tocar tierra el virrey era recibido por el Ayuntamiento y el gobernador, quien le entregaba en una bandeja de plata, colocada en un cojín de terciopelo, las llaves de la ciudad, que el virrey tomó por ceremonia, volviéndolas a dejar en seguida diciendo: que <<parando en manos tan fieles como las el gobernador>>, los intereses de S. M. estaban muy bien guardados, y la ciudad completamente segura. Inmediatamente después, él y sus acompañantes iban a la parroqua, donde se cantaba un tedeum. Al terminar el acto religioso, acudía a sus aposentor, donde, finalmente, podía descansar.

     Payno cuenta un pequeño episodio en el cual el protagonista, Fulgencio, en un paraje de Tlaxcala, coincide con el virrey. En efecto, sabemos que un virrey tardaba semanas en hacer el traslado desde Veracruz hasta la ciudad de México, pues en cada poblado al que llegaba la gente lo recibía con un festejo, deseándole que su gestión fuera benéfica para todos. Allí se le obsequiaban presentes, construían arcos del triunfo con materiales perecederos y había un ambiente totalmente festivo. Además, los organizadores elegían dioses o semidioses de la tradición grecolatina con los que se establecía una analogía con el nuevo gobernante; se recordaba así a los espectadores que quien llegaba era representante del rey, y, como tal, debía obedecérsele como si fuera el monarca mismo. Según Payno, el último lugar que el virrey visitaba antes de entrar en la ciudad de México era la Villa de Guadalupe.

     Por fin, el virrey y la virreina llegaban a la capital, donde evidentemente, tenía lugar el mejor festejo que se podía ofrecer al enviado de la corona. Los cabildos eclesiástico y civil competían para demostrar la mayor creatividad en la elaboración de los arcos del triunfo, mismos que desempeñaban un papel importantísimo, y podemos considerar verdaderas obras de arte.  En 1680, por, ejemplo, a la llegada del conde de Paredes a la ciudad de México, se nombró nada menos que a Sor Juana Inés de la Cruz y a Carlos de Siguenza y Góngora como encargados de elaborarlos.

     La entrada a México debía ser fastuosa. Para ello se mandaba a limpiar las calles así como a iluminarlas -en caso de que el virrey llegara de noche-, y en el gran momento había desfiles a los que asistían músicos, funcionarios importantes, miembros de la Real y Pontificia Universidad de México con sus insignias de grado y demás personajes de alcurnia. El virrey acudía de inmediato a la catedral, donde se le recibía con solemnidad y realizaba el debido evento religioso. Para coronar el bullicio, se acostumbraba organizar una corrida de toros a la que acudía el recién llegado y era también común hacer representaciones teatrales escritas y escenificadas por integrantes de distintas órdenes religiosas, especialmente de jesuitas y carmelitas descalzos.

    Algunas recepciones a los virreyes fueron más bellas y elaboradas que otras. La penuria económica que se vivió en gran tiempo en Nueva España tuvo que ver con ello. Sin embargo, en la medida de las posibilidades, el festejo se realizaba y no se cometían gastos excesivos. Se trataba más bien de celebraciones que reafirmaban el poder político en Nueva España, y esto no era poca cosa.

La recepción de Iturbide.

     Desde luego, no podemos pretender que la celebración que hubo en honor de Agustín de Iturbide y el ejército trigarante fuera la misma que las dadas a los virreyes. En primer lugar, porque hasta ese momento no se sabía que él iba a ser el siguiente gobernante de la nación recién independizada. En segundo, porque no llegaba de España, sino del interior. A quien más bien se recibía era a un hombre con un ejército triunfante que daba fin a una guerra de diez años. Con todo, entre ambas recepciones, hay muchos paralelismos que vale la pena mencionar.

     Con la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821, don Juan O'Donojú, en su calidad de cargo, dio reconocimiento a la independencia de la Nueva España. Entre los días 11 y 25 de septiembre, tanto él como Iturbide estuvieron alojados en la hacienda La Patera, propiedad de María Ignacia, La Guera Rodríguez. El ejército de las tres garantías estaba disperso en distintos puntos periféricos de la ciudad de México: Azcapotzalco, Santa Mónica, San Ángel, Mixcoac y Coyoacán. Conforme se reunía, la gente lo festejaba por su triunfo. Carlos María de Bustamante cuenta que en la Merced las campanas repicaron hasta las once de la noche mientras que la gente cantaba en honor a la independencia.

     De hecho, días antes de la gran entrada triunfal, ya se recibían en la capital con honores a Ana María Huarte de Iturbide. El 21 de agosto hubo arcos del triunfo, música, canciones patrióticas, letreros alusivos, flores, mujeres vestidas de verde, blanco y rojo para representar a las tres garantías, pinturas de cadenas rotas que simbolizaban la emancipación, y hasta un carro triunfal donde viajó la ilustre Ana mientras le rendían los debidos honores.

     Por su parte, O'Donojú hizo su entrada a la Ciudad de México el día 25 de septiembre, aunque esta entrada no fue tan triunfal, aun cuando relata Lucas Alamán que fue recibido por todas las autoridades del Ayuntamiento, que le ofreció de cenar y alojamiento en el que hoy conocemos como el Palacio de Iturbide.

     El ayuntamiento sabía desde la víspera, pues el mismo Iturbide les había avisado, así como al cabildo eclesiástico, al arzobispo y otras personas ilustres, que el día 27 él haría su propia entrada, fecha que además coincidía con su cumpleaños. Ante la falta de recursos para realizar el evento con toda pompa, un español, Juan José de Acha, prestó al ejército 20,000 pesos sin cobrar ningún tipo de interés.

    Otra vez Payno, en El hombre de la situación, relata el episodio de la entrada triunfante, si bien se conforma con retratar el bullicio que generó la llegada del ejército trigarante a la ciudad de México. Por su lado, Alamán cuenta que no presentaba buen aspecto, sino que se veía desmoralizado, con los uniformes en muy mal estado.

     El ingreso fue el 27 de septiembre por el oeste de la capital. Las tropas se reunieron en Chapultepec y formaron una gran dila, con el general en jefe a la cabeza. Desfilaron hasta entrar por la calle de San Francisco -hoy Madero., la cual estaba adornada con un arco del triunfo, justo como solía usarse en la entrada de los virreyes. Allí esperaban los miembros del Ayuntamiento. José Ignacio Ormaechea, alcalde de primer voto, le presentó en una bandeja de plata las llaves de la ciudad. Iturbide, según Alamán, exclamó lo siguiente: Estas llaves, que lo son de las puertas que únicamente deben estar cerradas para la irreligión, la desunión y el despotismo, como abiertas a todo lo que puede hacer la felicidad común, las devuelvo a V. E. fiando de su celo, que procurará el bien público a quien representa, con palabras similares a las dichas por los virreyes. Después se dirigió a la catedral, propiamente iluminada y adornada, donde se procedió a cantar un tedeum. Al terminar, se ofreció un banquete para 200 personas. Por la noche, hubo obras de teatro para seguir la celebración, mismas que fueron incluso aprovechadas para recaudar fondos para los uniformes del ejército.

    Cerca de 60 000 almas presenciaron la entrada del Libertador. No sólo participó la gente acomodada, sino también de todos los sectores de la sociedad. A pesar de ser temprano, la muchedumbre comenzó a llegar desde distintos lados; algunos caminando otros en lujosos carruajes. En las calles, los balcones y las azoteas, se celebró y vitoreó. Muchas mujeres vestidas elegantemente llevaban consigo moños y hermosas peinetas. Mucho se ha dicho sobre cómo el Dragón de Fierro -como se llamaba a Iturbide-, pasó bajo el balcón de La Güera Rodríguez y le obsequió una pluma de su sombrero trigarante. Fue, en resumen, un día de gloria nacional, el cual Carlos María de Bustamante describió como el día mas fausto que pudiera ver la nación mexicana. [...] El sol parece que echo sus rayos con mayor esplendor y brillantez para alegrar este sueño marchito, alejando las tinieblas. Casi un mes después, el 12 de octubre, había una solemne ceremonia religiosa con el fin de agradecer a Dios la emancipación.

     Estas escenas no pasaron inadvertidas e inspiraron obras de arte. Mencionaremos tan sólo dos. La primera es una pintura de un autor desconocido titulada Entrada triunfante de Iturbide en México con el Ejército Trigarante el día 27 de septiembre de 1821. En ella se observa al ejército vencedor entrando de forma ordenada a la ciudad por la garita de la Piedad. Iturbide, al centro del cuadro, saluda a un par de personas ubicadas a la izquierda, quienes devuelven el saludo de forma muy jovial. No hay propiamente un arco del triunfo, aunque la puerta de la garita sirve estéticamente como tal.




     
La segunda obra conmemorativa es también de un autor desconocido y lleva por nombre Solémne y pacífica entrada del ejército de las tres Garantías a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821. De ella destacamos dos elementos: primero, se representa el momento justo en el que Iturbide entra por la calle de San Francisco y está a punto de recibir las llaves de la ciudad por parte del Ayuntamiento. Segundo, hay un arco del triunfo. Tanto sus balaustradas como las pequeñas esculturas son de estilo neoclásico. A los costados, tiene unas pinturas que evocan la lucha insurgente. El arco está adornado además con algunas flores y banderas trigarantes.

     En suma, a pesar de que los recibimientos a los virreyes y a Iturbide fueran de naturaleza distinta, paralelismos y continuidades se pueden establecer. Una muestra de ello es la entrega de las llaves de la ciudad, que Payno relata a la llegada del virrey a Veracruz y Alamán documenta en el caso de Iturbide. El canto del tedeum y la realización de ceremonias religiosas fueron prácticas que se conservaron. Los arcos, símbolos del triunfo y la victoria, aparecieron tanto en la recepción del virrey como en la entrada del ejército trigarante. Por último, perduró la costumbre de asistir al teatro. Podemos afirmar entonces que la nueva nación independiente siguió conservando, en muchos sentidos, rasgos novohispanos, y a pesar de haberse emancipado de España, siguió festejando como si aún fuera parte de ella. Los rituales no desaparecieron inmediatamente. Cuatro décadas después, cuando los conservadores lograron instaurar de nueva cuenta un imperio e invitaron a gobernar a un miembro de la casa de los Habsburgo, este fue recibido todavía con este tipo de prácticas.

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